Capitulo 3
-¿En qué pensás?
-En nada..
-Vamos Nico, decíme en que pensás..
-Pienso que eres una mujer extraña
-¿Extraña? ¿Como así?
-Extraña, sabés, como que hay cosas importantes que no se de
vos.
-¿Y que querés saber? ¿Qué te parece importante? –Dijo
Alicia acostada el cama, todavía jadeaba por la cogida de viernes por la noche.
Así eran los viernes desde que la conocí en la parada del
bus, caminábamos cuatro cuadras de la parada hacia el apartamento haciendo
chistes de mal gusto, saltando en los charcos. Nunca caminábamos por la acera,
en estas cuadras caminábamos a media calle porque no pasaba ni un carro.
Caminábamos a media calle tentando a la muerte perezosa que se olvido de este
barrio y Alicia decía que seria divertido que nos atropellara un carro porque
sería lo mas histórico que pasaría por aquí “Aquí solo mueren viejos, yonkis y
putas. ¿Cuándo han sido atropellados una pareja de amantes?” Ella lo sabia, porque
en una de esas idas me contó que su abuela viva también en la calle 34 hace
muchos años ya. En otoño caminábamos en la acera porque allí caían las hojas
secas y Alicia amaba pisarlas “Amo ese sonido de las hojas crujiendo, no se
porque, pero lo amo” decía. Tampoco pisaba las líneas de la acera, en alguna
revista leí que eso reflejaba inseguridad, pero ni importa, se veía adorable
dando pasos largos y brinquitos para evitarlas. Cuando me detenía a comprar
cigarros en la abarrotería te veía desde adentro, tenias suerte para los
animales callejeros; los gatos y perros flacos se le acercaban y les dabas las
sobras de la comida del restaurante en que cenamos y ellos le movían la cola y
nos seguían hasta la puerta. Siempre me había gustado eso de ella, en secreto
creo que también amaba las causas perdidas, los animales callejeros, las flores
de la basura, los vagos, recogía cosas de la calle y las convertía en aretes.
Salía y fumábamos las dos cuadras restantes camino al
apartamento, seguidos de una jauría de perros o de gatos y me contaba que tuvo
un perro llamado Rocky, era un labrador, y que lo habían atropellado a media
calle porque dejo la puerta abierta al salir. Otra cosa que me gustaba de ella
era lo despistada que era, olvidaba cerrar la puerta y los gatos se entraban a
hacer un desmadre en la cocina otras veces dejaba la llave del gas abierta y
encendía su cigarro en la cama, podíamos haber muerto en ese instante pero
tenía suerte de gato.
Entonces llegábamos a la puerta y entrabamos, Alicia pasaba
la mano por el papel tapiz de las gradas hasta llegar al sexto piso, nos
quitábamos los zapatos, eso teníamos en común, ambos amábamos caminar descalzos.
Cada vez que entrabamos Alicia regaba las plantas y me decía “¿Verdad que no
las regaste? Si no fuera por mi estarían muertas ¿Qué harías vos sin mi Nico?”,
buena pregunta, tal vez todavía tendría algo de cerveza en la refri, porque vos
entrabas y te servías como si fuera tu casa. Y yo le veía regar las flores
mientras ponía algo de tango, reggae, cumbia o ese CD de Putumayo que le
gustaba tanto.
Me acercaba y te besaba el oído y te soplaba y te hacia
cosquillas y vos, Alicia, me mojabas con la manguera y reías. Te tiraba al sofá
y te quitaba la blusa y el pantalón (era mas fácil cuando venía en falda porque
ese maldito botón nunca he podido desabrocharlo). Mientras, me levantabas la
cara y me veías con tus ojos cafés y tus cejas en posición de ataque. Y nos
besábamos tanto que nuestras bocas se hacían una sola, una boca con dos lenguas
y más dientes que un tiburón. Nos besábamos hasta que me quitabas el pantalón y
lanzabas mi playera. Luego cogíamos o hacíamos el amor, depende de cómo nos sintiéramos,
a veces yo te cogía y vos me hacías el amor y a veces era al revés pero cuando
los dos nos hacíamos el amor, oh Alicia eso siempre ha sido indescriptible.
Luego jadeábamos y sonriamos, y me miraba encender un
cigarro para los dos. “Mé gustás mucho Nico, me gustás más que el sonido de las
hojas crujir y me gustas mas que mi gato.” Yo sonreía con media boca y fumaba
con la otra y le decía que ella me gustaba más que mi apartamento y que Pink
Floyd. Ese momento siempre me ha gustado, cuando nos quedamos fumando y vos
miras, le buscás forma a las manchas de moho en el techo, “Allí hay un
unicornio, si te pones de este lado allí hay una calavera y si cierras un poco
los ojos ahí estamos los dos tomando un café.”
Yo por unos cuantos meses solo veía nubes de humedad hasta
que vos apareciste.
-De donde venís, a donde vas.. ya llevamos un tiempo juntos
y no se ni eso.
-¿Realmente importa eso Nico?
No se, no se, ¿Realmente me importaba?. Me gustaba la
incertidumbre de que pudiera ser solo una alucinación mía o una fantasía sexual
cumplida por una conspiración cósmica hacía mi persona, de esas cosas que es
mejor ni preguntarse por que aparecen y solo hay que dejar ser. Pero el
hemisferio derecho de mi cerebro me pedía respuestas. Le hecho la cumpla a la
carrera y al trabajo, pensar solo en números y no en nubes zoomorfas me había
vuelto un cubo de Rubik o un Sudoku con una sola solución.
-No sé… me da curiosidad Alicia, vos sabés donde vivo.
-Pues, se que te mata la curiosidad Nico, eso me gusta de
vos… sos curioso, siempre querés saber porque el cielo es azul y no amarillo o
por que nos entierran en ataúdes y no desnudos con un árbol en el estomago.
En ese momento entendí que mi hemisferio derecho del cerebro
tenía que dejarse de meter entre nosotros. Alicia me conocía con su hemisferio
izquierdo, el que controla los sentimientos, el que degusta la música y los vicios,
el que le encuentra aprecio al arte y le valen verga los números. Entendí que
la quiero, con el hemisferio izquierdo del cerebro y con el estomago y que realmente
no importa donde vive, ni que tipo de sangre es, ni de donde se graduó del
bachillerato, ni su papá, ni su mamá.
Lo que importa es que le gustan las flores, que no pisa las
líneas de la banqueta, que le gusta el café sin azúcar, detesta el pollo y lloro
más cuando atropellaron a Rocky que cuando murió su abuela, que ama caminar
descalza tanto como yo, que le gusta la música de dos o tres generaciones
anteriores y vomita con la música pop. Que le gustan los libros de Cortázar,
que se caga en Cohelo y le da su lugar al arte conceptual. Que le gusta mi
habitación y es olvidadiza porque su mente divaga siempre en niñerías o cosas
hermosas. Que le gusto yo más que su gato.
-No me digás nada. Dejémoslo como un misterio –Le dije
mientras le besaba el cuello
Ella sonreía y el humo de Marlboro salía entre sus dientes.
-¿En serio no querés saber? Te puedo dar la dirección de mi
casa, mi numero de cedula y contarte de aquel tipo con el que salía que me
propuso matrimonio después de tres meses. -Mientras me enredaba entre sus
piernas.
-Ja ja, calláte y besáme Alicia pero quédate a dormir hoy.
No me importan los detalles.
Ella sonrío como nunca lo había hecho y me miro a los ojos
con sus cejas relajadas como una ola en el caribe. No hizo falta que dijeras
nada.

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