Capitulo 1
Enciendo
un cigarro y veo por la ventana.
Es
la misma hora que desperté ayer, y la noche anterior y así desde la noche que
cruzo la puerta por primera vez.
Es
esa hora de la madrugada que me provoca a pintar las paredes grises con mis
sesos.
Nada
se mueve, por unos 40 minutos nada se mueve, ni los gatos cogiendo en el
tejado, ni las sirenas de las patrullas del barrio más miserable de la ciudad,
ni el vagabundo que vive en el pórtico del edificio; esta petrificado debajo de
su techo de cartón, no se mueve y no parece respirar.
A
esta hora parece que las petroleras succionaron al planeta todo el combustible
fósil y sus pistones dejaron de moverse, parece que los ríos se cansaron de
correr porque no quieren morir en el mar, menos en una alcantarilla. Parece que
ni el viento sopla para mover a los arboles, porque ¿para que moverlos? Si ya
no hay hojas secas que poder tirar al piso. Y nada se mueve.
Veo la
calle 34 y todas las sombras son las mismas que habían ayer a esta hora, la
carreta de comida callejera, la banca pintada de graffifis y el vagabundo que
duerme en la misma posición fetal siempre.
Se
que las sombras son las mismas porque llevo semanas despertando a esta hora,
solo, por el sonido del pasador chocando con el marco de la puerta, porque ella
se va todos los días a esta misma hora. Supongo que tiene miedo a quedarse
hasta que salga el sol y petrificarse en mis brazos, nunca la he visto a la luz
del día, no de donde viene cuando la veo a las 7:15 de la noche en la parada
del bus de la 12va avenida, donde la conocí, ni a donde va cuando sale a esta
puta hora.
De
repente veo una sombra, esquiva al vago de un pequeño salgo y va hacia el este.
Es ella, lo se porque conozco esa sombra cuando la veo desnudarse en las
paredes grises del cuarto; delgada, una maraña de cabello oscuro sobre los
hombros, dos piernas largas que se mueven a paso lento, como de bailarina de
burlesque, conozco la sombra de sus brazos, que se mueven como que paseara por
la pradera aunque este en el barrio más jodido de la ciudad. Y la sombra se
hace pequeña, ahí va, Alicia.
Enciendo
otro cigarro, y miro al otro lado de la calle.
Todavía
faltan unos 30 minutos para que termine esta maldita calma, ya ni Alicia se
mueve; no se mueve en la calle y no se mueve en el sofá.
Que
aburrida es la calma, me gustaría ver un choque de automóviles en la
intersección de la 8va avenida, me gustaría ver como se apilan los carros en un
choque masivo en la intersección de la 8va avenida, me gustaría escuchar el
sonido del aluminio y el vidrio crujiendo en el cuerpo de algún conductor
ebrio, o dos, o tres. Sería más divertido que no ver nada moverse.
Enciendo
otro cigarro y me siento en el sofá, todavía esta cálido de la fricción de sus
rodillas, me siento a contemplar como se descascara la pintura y se agrietan
las paredes.
Allá
afuera nada se mueve, pero el cuarto esta vivo, las tuberías bailan o follan
entre las paredes, la ducha y el grifo
del baño se creen fuentes romanas, la alfombra inútil que Alicia compro en una
tienda de segunda mano es un ecosistema de microbios, pero se ve “bonita” (dice
ella) y el foco del cuarto brilla cuando se le da la puta gana.
El
edificio es un nido de ratas, vivo en el 6to piso, apartamento B, de basura.
La
calle 34 siempre me ha gustado, con sus calles sucias, su olor a meados, los
vecinos viejos y moribundos, los yonkis y abarroterías que están como
encerradas en una caja de vidrio, con las misma comida enlatada de hace 30 años
todavía en las repisas.
Me
gusta que hay una cantina en cada esquina, es más, hay más cantinas que
farmacias, en la calle 34 si te duele una muela vas a la cantina por un
aguardiente, si te duele el estomago vas a la cantina por un aguardiente (con
mineral y limón) y si te duele la cabeza vas por un litro de cerveza barata
fría. Ninguno de estos cura el dolor, pero el chiste no es que lo te cure, es
que se te olvide. Infalible.
Soy
activista de causas perdidas, me gusta ver como se pudre el barrio, y aun así
conserva ese encanto de cuando era una de las zonas más pudientes de la ciudad.
Es una causa perdida, ya la municipalidad no se preocupa en venir a llenar los
baches en la calle, mierda, ya ni los buses entran a esta zona, por eso tengo
que ir a la 12va avenida a tomar el bus (allí la conocí), la basura se junta en
los terrenos baldíos por tanto tiempo que se termina convirtiendo en abono. Mis
flores favoritas son las que crecen entre la mierda. Las causas perdidas en su
máxima expresión.
Este
edificio, fue en su momento uno de los más lujosos de la ciudad, tiene acabados
de madera, piso de madera y techos tan altos que ni con una escalera puedes
llegar a tocar. Tengo un cielo con nubes de moho por encima de la cama. El piso
de madera, tan lujoso en algún momento se convirtió en el reino de las
termitas, puta, si cuando me tropiezo temo atravesar el suelo y caer hasta el
segundo piso.
El
tiempo pasó y pronto la calle 34 se quedo del lado este de la ciudad, olvidado
por el gobierno, parece que ni dios se acuerda del pobre vagabundo del pórtico.
Por lo que pago podría conseguirme un cuarto, con baño y cocina de 5 metros
cuadrados en un barrio no tan mugroso como el de la avenida del aeropuerto,
pero que triste esas paredes de concreto son igual que la calle de madrugada, inmóviles.
Lo único bueno que puedo imaginar de esos cuartos es que si se derrumba
morirías en segundos por un bloque de concreto cayendo sobre tu cabeza mientras
cagas a 1 metro de tu cama.
En
el apartamento B, todo se mueve, creo que son las cucarachas, pero de esto hice
un hogar y las cucarachas son mis caseros. Pero como dije, me gustan las causas
perdidas.
5
minutos y me asomo a la ventana en la que tengo 2 macetas con 2 flores, las
recogí del terreno baldío y las conservo porque Alicia dice que se ven
“bonitas”. Veo los rayos de sol colándose por el resto de edificios mugrosos
que aún siguen de pie. No son molinos de viento ni gigantes, Pancho, son nidos
de malandros y viejos y yo.
El
sol se cuela por las ventanas rotas y no tarda en impactar en mis ojos.
Con el sol viene el ruido, y ya empiezan las demoledoras a derribar 3 cuadras a la redonda. Dice Pedro, el cantinero, que quieren construir una zona industrial o algo por el estilo, mejor para mí, las maquinas que fabrican productos plásticos o automóviles o alguna mierda así nunca se detienen, algo de movimiento en estos malditos 40 minutos de crepúsculo.
Con el sol viene el ruido, y ya empiezan las demoledoras a derribar 3 cuadras a la redonda. Dice Pedro, el cantinero, que quieren construir una zona industrial o algo por el estilo, mejor para mí, las maquinas que fabrican productos plásticos o automóviles o alguna mierda así nunca se detienen, algo de movimiento en estos malditos 40 minutos de crepúsculo.
Me
alejo de la ventana, me acuesto y miro mi cielo de pintura descascarada. El
cuarto se mueve, la calle empieza a moverse decrépitamente, todo se empieza a
mover. 20 horas 15 minutos más para ver a Alicia otra vez. Ella me mueve.

Tan real, tan tangible.
ResponderEliminarMe encanta la decadencia con la que escribes.